Las revueltas en Brasil son la primera expresión regional de una forma de protesta que ya sacudió los cimientos de varios países árabes y europeos. ¿Habrá contagio regional? ¿Se puede hablar de una “primavera latinoamericana”?
El vendedor ambulante tunecino Mohamed Bouazizi se suicidó a lo bonzo el 17 de diciembre de 2010 e inició un movimiento global cuyo alcance aún no se puede predecir.

El ciclo de masivas protestas conocido como la Primavera Árabe comenzó en Túnez derribando a Zine El Abidine Ben Alí, el dictador que gobernó el país durante 23 años. Pero rápidamente se esparció por Egipto, Libia, Yemen y Siria, entre otros países de la región.

Casi al mismo tiempo, el 15 de mayo de 2011 se producía la primera gran movilización de los indignados españoles, que tendrían su correlato en otras capitales europeas e incluso en Estados Unidos, con la acción de Occupy Wall Street, que se proponía ocupar el centro mundial del comercio.

A pesar de sus diferencias, todos estos movimientos tienen características comunes y novedosas respecto de las formas tradicionales de protesta. La mayoría de los manifestantes son jóvenes de alto nivel educativo y sin afiliación partidaria que, vinculándose entre ellos a través de las redes sociales, deciden salir a la calle a protestar de forma espontánea, sin seguir las directivas de ninguna organización política.

Esta descripción se ajusta perfectamente a los indignados brasileños. Según una encuesta de Datafolha realizada entre los manifestantes, el 77 por ciento posee título universitario, y el 53 por ciento tiene menos de 25 años.

Las movilizaciones, sin liderazgos definidos y sin la participación original de los partidos políticos, fueron convocadas a través de internet. Una de las plataformas utilizadas fue change.org, y fue determinante la actividad de algunos usuarios en las redes sociales, como el Movimiento Pase Libre.

La excusa, el boleto de transporte

Las manifestaciones comenzaron a principios de junio en San Pablo, luego de que se decidiera el alza del boleto de bus, tren y metro de 1,5 a 1,6 dólares. El anuncio coincidió con el inicio de la Copa Confederaciones, que se realiza en el país como antesala del Mundial que organizará Brasil en 2014.

Los millones de dólares invertidos por el estado para la puesta a punto de la infraestructura necesaria para albergar eventos de semejante importancia generaron un descontento creciente entre una ciudadanía que no ve esas inversiones en servicios públicos esenciales como la salud, la educación y el transporte.

Por eso el aumento de la tarifa causó tanta molestia, pero su posterior reducción no sirvió para calmar las protestas, ya que los reclamos son mucho más profundos.

Un 75 por ciento de los brasileños apoya las protestas, según una encuesta de la consultora Ibope. Entre ellos, un 77 por ciento sostiene que la principal causa del conflicto es el deficiente transporte público, pero no es el único punto que señalan. Entre las múltiples respuestas, un 47 por ciento destaca la insatisfacción con los políticos, un 32 por ciento la corrupción, un 31 por ciento las deficiencias en la educación y en la salud, y un 18 por ciento la inflación.

“Estamos en los albores de un ‘efecto dominó’ de indignación colectiva parecido al registrado en países de la Unión Europea y el Mundo Árabe, si bien Latinoamérica tiene sus particularidades”, afirmó Fernando Giraldo, politólogo colombiano y consultor internacional sobre asuntos de desarrollo, en diálogo con la agencia EFE.

Para Juan Alberto Pineda, profesor universitario de comercio internacional y derecho constitucional, lo que está ocurriendo en Brasil repercutirá sobre los países vecinos, enfrentados a realidades similares. “Creo que se está incubando una ‘primavera latinoamericana’ con origen en el país más extenso y rico de la región. Un sentimiento de reclamos por la equidad social, la lucha contra la pobreza y mayores espacios de participación política que puede extenderse al resto del continente a través de las redes sociales”, señaló a EFE.

Debilidades y fortalezas

“El movimiento continuará y su duración dependerá de cómo reaccione la clase política”, aseguró recientemente Luis Felipe Pondé, profesor de filosofía dela Universidad de Rio, en diálogo con la agencia AFP.

El gran interrogante de todas las expresiones de indignados es su efectividad en el largo plazo para conseguir transformaciones profundas, ya que los aspectos que hacen a su fortaleza inicial son los mismos que les dificultan éxitos posteriores.

Al ser grupos de personas pertenecientes a los estratos educativos superiores, les resulta mucho más difícil aceptar pasivamente los abusos e injusticias sociales que sufren en carne propia.

En los países árabes fueron las grandes desigualdades económicas y la ausencia de libertades políticas, en España los altos niveles de desempleo en un contexto en el que los estados destinan millones a rescatar a los grandes bancos, y en Brasil la gran ineficiencia de los servicios públicos que brinda un estado más preocupado por preparar un mundial que por invertir en infraestructura con fines sociales.

Al empezar a contagiarse el enojo y el deseo de manifestarse de forma inmediata y viral a través de las redes sociales, los indignados logran producir masivas movilizaciones en muy poco tiempo y con escasa organización. Eso les da espontaneidad y los hace un poco incontrolables e insobornables, ya que no hay líderes definidos con los que las autoridades puedan negociar y así asegurarse de que las protestas cesen.

Pero al mismo tiempo es su carácter inorgánico lo que les dificulta mucho la posibilidad de conseguir lo que se proponen e incluso de consolidar un proyecto claro.

La Primavera Árabe consiguió en países como Túnez, Egipto, Yemen y Libia derrocar a los dictadores, pero la ausencia de liderazgos y proyectos unificados desencadenó en fuertes disputas por la sucesión, que terminó en manos de gobiernos no mucho menos autoritarios que los anteriores.

En Europa la experiencia fue aún más frustrante, ya que más allá de que ciertas consignas fueron tomadas por algunos discursos de campaña, el reclamo por políticas más participativas, que prioricen la generación de empleo por sobre la austeridad, no se plasmaron en ningún programa de gobierno, y las protestas terminaron diluyéndose.

En Brasil, la presidenta Dilma Rousseff dio signos de haber recibido el mensaje de los indignados al anunciar su voluntad de realizar “un gran pacto para mejorar los servicios públicos” y convocar a un plebiscito para hacer una reforma política.

Pero por ahora son sólo gestos que están lejos de vencer el escepticismo de una ciudadanía acostumbrada a escuchar promesas que nunca se traducen en transformaciones profundas. La duda es si tendrá capacidad de reacción en caso de que el estado se mantenga reticente a cambiar.

infobae

 

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